El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Yo era bueno —volvía a decir—, y tú me has empujado al crimen. Un mar de sangre se extiende ante mis pies; mi vida será infame, mi muerte la cruz; mi cuerpo dividido en pedazos, se verá tal vez expuesto en los caminos. De todo esto tú tienes la culpa, viejo avaro de corazón de roca. ¡Maldito seas! ¡Maldito seas como la mujer impura, hasta tu décima generación, que yo juro exterminar, mientras mi brazo tenga fuerza para empuñar el cuchillo vengador!

Y Dimas, como si con aquellas maldiciones hubiera exhalado todo su espíritu, dejó caer la cabeza sobre las manos con abatimiento.

Así permaneció por espacio de mucho tiempo.

La brisa de la tarde comenzó a gemir entre las copas de los árboles, y aún permanecía inmóvil.

El céfiro nocturno suspiró entre las plantas del campo, y Dimas no Dimas aún permanecía en la misma se movía de aquel sitio.

La luna bañó con sus tibios rayos la cilíndrica y alta torre de David y Dimas aún permanecía en la misma postura, mudo y silencioso.

Las cigüeñas, de los altos minaretes de Jerusalén, comenzaron a entonar sus dolientes cantos, y un mochuelo, parándose entre las ramas de árbol a cuyo pie se hallaba inmóvil y silencioso el joven huérfano, lanzó al viento su tétrico y acompasado silbido.


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