El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Aquel gemido era una esperanza que huía de su corazón, quejándose de haber sido vencida por la realidad de un desengaño. Muerto de fatiga, falto de aliento, se dejó caer en la sombra de un sauce, sin esperanza de poder hallar el cadáver de su padre. Allí, solo con su dolor, le asaltó una idea terrible, y una sonrisa feroz resbaló por sus labios.
—Sí —se dijo a sí mismo— eso es: esta noche iré al valle de Josafat, buscaré el opulento sepulcro de ese fariseo, de ese viejo cruel que ha infamado el cadáver de mi padre, arrancaré la losa que le cubre, sacaré el cuerpo perfumado de ese miserable, y lo dejaré en este inmundo sitio para que sea pasto de los carnívoros raposos que desgarrarán su maldita carne, mientras el nocturno onocrótalo,[11] apoyando sus férreas garras en su impura frente, batiendo sus negras alas sobre su insepulta cabeza, lanzará gozoso su graznido horrible y espeluznante, preparando para el festín sus dos estómagos hambrientos de carne humana.
Dimas, después de proferir tan terrible amenaza, sacudió la cabeza como si las furias del infierno se agitaran en torno suyo, quemándole las sienes con sus ardientes e impuros silbidos. Sus labios entreabiertos, sus ojos brillantes y hundidos, su faz descompuesta, daban a aquel hermoso semblante algo de terrible, de infernal.