El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Dimas lanzó un largo y doloroso suspiro, y como si con él hubiera exhalado uno de esos pesos que nos oprimen el corazón, tornó a encorvarse sobre la tierra, y a favor de su largo cuchillo continuó la interrumpida y penosa tarea de remover aquel montón de huesos y podridos cadáveres medio insepultos que se extendían bajo sus plantas.
Dimas buscaba con el mismo afán que si aquella seca y estéril tierra ocultara un tesoro. Su cariño filial le hizo olvidar que los abrasadores rayos del sol caían perpendicularmente sobre su cabeza. Por su frente surcaban gruesas hebras de sudor, que convertidas en gotas iban a empapar y perderse entre la removida tierra que hería el prolongado y continuo golpe de su puñal. Aquel joven hermoso, valiente y fornido, cubierto de sudor, abstraído en su trabajo, indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor menos a lo que le ocupaba, era verdaderamente un modelo de hijo.
Cada cabeza que asomaba a flor de tierra, cada miembro que descubría era una esperanza; pero cuando sus ojos, al buscar las facciones queridas de su anciano padre, se hallaban con el lívido y asqueroso semblante de un desconocido, entonces Dimas avanzaba unos cuantos pasos, lanzando un doloroso gemido, y continuaba su trabajo.