El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Sí, yo le maté porque debía matarle: el cuchillo que me prestaste fue el instrumento. En nombre de mi padre te doy las gracias; en nombre mío, las veinte onzas romanas que acabo de entregarte.

Y sin esperar respuesta, tomó una calle adelante, dejando al cuchillero absorto y aturdido.

Dimas se encaminó al muladar donde, según noticias, habían los enterradores arrojado el cadáver de su padre. Le quedaban aún en la bolsa más de dos mil óbolos, y firme en su propósito, quería dar honroso sepulcro al autor de sus días. Pero todo fue en vano: tres horas de escrupuloso escrutinio empleó en aquel hediondo sitio, y al fin desesperó de hallar los restos de su padre, que tal vez habían servido de pasto a los quebrantahuesos y cuervos que se mecen sobre la pesada atmósfera de tan repugnantes sitios. Entonces, dos gruesas lágrimas asomaron a sus párpados, y elevando sus ojos al cielo en dirección al templo de Sión, murmuró estas palabras.

—Padre y señor, tú fuiste bueno durante tu vida; yo imité tu honradez viviendo a tu lado. ¿Por qué al ver el desconsuelo de tu hijo no me llamas para que pueda darte sepultura digna de ti?


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