El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Y sacó de una bolsa de cuero bastante repleta las monedas indicadas, que fue dejando sobre una tabla mugrienta que se hallaba junto a la muela. El sonido de la plata hirió agradablemente los oídos del judío, a juzgar por la sonrisa que animó su semblante.
—¡Por Jacob y mi madre, que no esperaba que me cumplieras la palabra!
—Hiciste mal en desconfiar.
—Tienes razón, y me alegro, ¡por Dios vivo! que así haya sucedido, pues eso me indica que has hecho fortuna, de lo que me complazco.
—No mucha; pero estoy en camino de hacerla.
—¿Has heredado de algún pariente?
—No.
—¿Por fortuna te hallaste algún tesoro en el viejo palacio de Salomón?
—Nada de eso.
—Entonces…
—Mi fortuna tiene un origen que no puedo revelarte; pero si no se borra de tu memoria mi nombre, algún día lo sabrás sin necesidad de que yo te lo diga. Me llamo Dimas, no lo olvides. Graba bien en tu mente las cinco letras de que se compone.
—¡Dios de justicia! ¿Entonces tú eres el matador del sacerdote Isaac,[10] de ese viejo avaro y ruin a quien los cielos confundan?