El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¡Bah! Yo soy un cadáver que habla y siente aún por una casualidad.

—Es que no comprendemos qué bien puede producirte una medida tan extraña.

—¡Ah! ¿No lo comprendéis? Pues yo os lo diré. Los caldeos tienen fama de sabios, ¿no es cierto?

—Sí, hermano mío. De todas las partes del mundo acuden los hombres de saber a la moderna Seleucia a admirar a esos sabios, a esos conocedores del globo celeste que con tanta precisión marcan el misterioso rumbo de las estrellas; pero…

—Pues mira, hermana, los caldeos no tienen médicos. Cuando uno de ellos se encuentra enfermo de gravedad y su familia pierde las esperanzas, le colocan en una litera cerrada y le conducen a la plaza pública, y todos los que pasan tienen obligación bajo penas muy severas, de acercarse al enfermo y enterarse de la clase de mal que padece. Entonces, si hay alguno que se ha encontrado en el mismo caso, indica a sus parientes el método que siguió para recobrar la salud.

—Eso es un absurdo —murmuró Alejo.

—Será lo que quieras, pero te advierto que en ninguna parte del mundo llegan a mayor vejez los hombres que en las orillas del Éufrates, en la tierra de Us y en la Arabia feliz, porque allí se curan por la experiencia y la caridad, y no por la ciencia y el interés.


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