El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Perdona, señor, si no te obedecemos en estos instantes —se atrevió a decir Archelao—; sería una imprudencia.

Herodes, acostumbrado a ser obedecido durante su reinado hasta en las cosas más absurdas, miró a su hijo con asombro, y luego exclamó:

—¿Quién se opone a mi voluntad?

—Yo —dijo con energía su hijo y sin bajar los ojos—, yo, porque creo que es un deber de hijo y súbdito leal desobedeceros.

—¡Tú! ¡Tú! —exclamó de un modo feroz.

Y dirigiéndose a su cuñado, continuó:

—¡Llévate a ese borracho!

Archelao, que más tarde demostró que tenía el alma tan negra y el corazón tan sanguinario como su padre, se cruzó de brazos, y con una calma impropia de la situación, dijo:

—Los insultos se convierten en alabanzas cuando se tributan a un hombre que cumple con su deber. Alejo no pondrá sus manos sobre mi ropa, porque Alejo sabe que no debe obedecerte.

Herodes se pasó las manos por los ojos como si despertara de una pesadilla extraña, inverosímil.

Después se tapó la cabeza con la colcha y empezó a maldecir a todos los que le rodeaban.


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