El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota De repente arrojó lejos de sí la ropa que le cubría, y con un movimiento brusco y nervioso saltó de la cama al suelo; pero estaba débil y no pudo tenerse en pie, cayendo, después de tambalearse un segundo, sobre la mullida alfombra.
Todos corrieron a levantarle: él los rechazó con cólera. Su rostro estaba más horrible que nunca, sus palabras eran un ruido ronco e ininteligible; temblaba como si un frío interior le helara la sangre, y, sin embargo, un copioso sudor se deslizaba por todo su cuerpo.
Salomé corrió a la estancia inmediata en busca de los médicos. Cuando éstos llegaron, el auxilio de la ciencia era inútil. Herodes el idumeo, el azote de Israel, el verdugo de los hebreos, había muerto. Su agonía fue terrible, como un castigo de Dios: puede decirse que duró dos años. Su cuerpo fue devorado en vida por la podre y los gusanos. En los últimos momentos de su vida, acosado por los remordimientos y los agudos dolores del mal que le devoraba hacía que sus innumerables nietos rodearan su lecho de muerte, complaciéndose en arreglar los matrimonios de aquellos infantiles vástagos reales a quienes su puñal sangriento había dejado huérfanos.