El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota FUEGO ENTRE CENIZAS
Cingo había terminado su misión en Israel al pie de la tumba de Herodes. Libre y rico, pensó en su patria. Su leal servilismo, su carácter enérgico y salvaje, el favor de que había disfrutado durante doce años al lado del idumeo, le habían creado enemigos en Judea.
Archelao, el joven rey, le odiaba; así es que cuando le pidió permiso para abandonar la tierra de Jacob, encogiéndose de hombros, le contestó con desprecio:
—Vete cuando te plazca; para nada te necesito.
El negro se mordió los labios, dobló su cabeza y salió de la cámara real sin murmurar ni una sílaba; pero aquel desprecio le quemaba el corazón. Hubiera dado toda su fortuna por arrancar la lengua a aquel mancebo que le ofendía. Desde aquel día pensó en su patria, en el ardiente sol de África, en las salvajes cacerías del desierto, en la tienda del árabe, en las tranquilas noches de Chad y en la hermosa libertad de los hijos de la Libia.
