El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Desistiendo de sus planes, sólo un camino se abría ante su paso: el de los montes de Samaria; se encaminó hacia ellos, llegando el cuarto día al declinar la tarde junto a los muros de la inexpugnable fortaleza de los bandidos, y entró en ella del mismo modo que la vez primera. Ya dentro se encaminó a la cocina, pero estaba desierta. Entonces se tendió en el suelo y esperó. Tenía dieciocho años, y el sueño en esa edad, cuando se ha caminado mucho, no tarda en descender sobre los párpados. Dimas se quedó dormido con la misma tranquilidad que si se hallara bajo el techo hospitalario de la casa de su padre cuando el sueño inocente de la adolescencia sonreía sobre su hermosa cabeza.
Muy entrada la noche, la trampa que ya conocen nuestros lectores se hundió para dar paso a los forajidos de Abaddon. Esta vez venían cargados de botín, y en sus fisonomías salvajes y feroces brillaba el contento. Como la habitación estaba oscura no repararon en Dimas.
El capitán mandó a uno de los bandidos que encendiera luz, y poco después las negras paredes se tiñeron de esa claridad rojiza e incómoda de las resinosas teas. Entonces vieron a Dimas dormido tranquilamente sobre el duro y frío pavimento de la cocina.
—Me ha cumplido su palabra —dijo Abaddon dirigiéndose a los suyos—. Creo que de este muchacho se podrá sacar partido.