El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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La egipcia miraba de vez en cuando al negro; pero sus ojos se fijaban a veces con una tenacidad particular en la calabaza que colgaba de su cinto. Diríase que con sus miradas quería absorber las pequeñas víboras que se agitaban en el seno de aquel vegetal.

—Mira, Enoé, voy a dejarte sola unos instantes: necesito llenar los odres de agua y cargar los dromedarios. Pronto vuelvo: procura hallarte dispuesta para la partida.

Cingo salió entonando una canción de su país. Enoé permaneció inmóvil en el mismo sitio, sólo que, alzando los ojos al cielo, exclamó después de lanzar un doloroso suspiro:

—¡Oh! ¡Cuánto tardas, momento deseado! ¡Antipatro, Antipatro, confía! Mi valor no desmaya: mi memoria está fresca como el día de tu muerte.

Después volvió a su habitual posición, triste, inmóvil, llorosa como la estatua de la amargura, con la mirada en el suelo y las manos cruzadas sobre las rodillas.



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