El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO V

EL CANTO DEL CISNE

Algunas horas después, Cingo y Enoé abandonaron la ciudad de Jericó. El negro etíope, armado de una lanza tracia y un corto sable de Damasco en la cintura, con su traje árabe y el semblante risueño, montaba un poderoso caballo, regalo de su difunto señor. A su lado, rebujada en un manto rayado, Enoé cabalgaba encastillada sobre un dromedario, y detrás de éste un camello de carga llevaba sobre su robusto lomo los pertrechos de viaje, la tienda y la fortuna de Cingo. Caminaban al lado del negro, dando saltos y ladridos de contento, tres de esos perros enormes de raza caldea que tan importante papel desempeñaban en las batallas. Apenas salieron de la ciudad, tomaron la vía romana, que cruzando Samaria y parte de la Galilea conduce a los viajeros del interior a las riberas marítimas del mar Occidental, donde pensaba Cingo hallar algún navío de transporte que le condujera a la costa de África.

La luz de la aurora comenzó a desplegar sus poéticos celajes sobre los fértiles y floridos campos de la ciudad de las rosas, y el aire, embalsamado con el perfume de las violetas que festonean las orillas del Jordán, llegaba hasta los viajeros.

Los pájaros cantaban sobre los árboles, y las tórtolas arrullaban desde las altas copas de las encinas y en los lentiscos de las praderas.


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