El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Todo respiraba vida, amor, poesÃa, era una mañana de mayo, mes de las flores y los perfumes, porque los ángeles le envÃan su sonrisa desde los cielos y Dios la bendice desde su trono enviándola algunos destellos de su luz divina.
—¡Qué mañana tan hermosa, Enoé! —decÃa Cingo—. Todo sonrÃe en torno nuestro; sólo tú conservas esa eterna melancolÃa que me desespera. ¡Oh! Tú no puedes comprender lo que yo harÃa por verte alegre, feliz.
Cingo calló, porque Enoé respondió a sus palabras con un suspiro. Pasaron algunos segundos.
—¿Ves esas nubecillas de color de ópalo que asoman por oriente? —volvió a decir el negro—. Pues en mi tierra, cuando mis hermanos se disponen a elevar su oración matinal y ven la salida del sol precedida de esas nubecillas, se tiene por buen agüero, y las caravanas, dispuestas para cruzar el desierto, emprenden su penoso viaje con la alegrÃa en la faz, la esperanza en el corazón y los cantares en la boca. Canta, sÃ, Enoé; rÃe, desecha la tristeza, porque los dioses inmortales nos auguran una feliz travesÃa.
—SÃ, tienes razón, Cingo, debo cantar. Cuando era niña me levantaba con el alba y unÃa mis trinos con los de los pájaros que andaban en la orilla del rÃo santo. Voy a ver si recuerdo una canción de mi infancia.