El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Cingo era árabe y, por lo tanto, supersticioso. La canción de Enoé, el aullido de los perros, le hicieron estremecer, y sintió que la sangre de sus venas se helaba. Entonces, no hallando palabras en su lengua, quiso desimpresionarse del fatídico estupor que le había sobrecogido, y clavando el acicate en los ijares de su corcel; partió a galope, haciendo en su carrera mil evoluciones que demostraban que era un jinete consumado.
Los camellos imitaron el galope del caballo, los perros saltaron alrededor de los camellos; todos corrían preocupados, tristes, meditabundos. La canción de Enoé había producido un efecto melancólico. La aurora de aquel viaje se había presentado risueña, tranquila; pero aquellas nubecillas de color de ópalo se habían transformado en pardos nubarrones de color feo y amoratado. Cuando el sol salió no pudo lanzar sobre la tierra sus rayos vivificadores, porque estaba nublado.
Mientras tanto, Cingo corría y corría, más para aturdirse que por correr, y detrás de él los camellos, levantando sus chatas cabezas, aspirando el aire y enseñando sus blancas murallas de dientes, y los enormes perros, ora delante, ora detrás de la pequeña caravana, galopaban también, dando saltos y ladridos, como si quisieran preguntar el motivo de aquella marcha rápida.