El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota De repente se rasgaron las nubes y un rayo cruzó el éter, dejando en pos de sí una culebrina de fuego. El caballo de Cingo se encabritó. Los dromedarios lanzaron un resoplido medroso, augurando la vecina tempestad. Un trueno sordo y lejano rodó en las nubes, y algunas espesas y gruesas gotas cayeron sobre la tierra.
El negro contuvo su caballo y se paró.
Los camellos hicieron lo mismo. Los perros se echaron al suelo con la lengua dilatada, la respiración fatigosa y los ijares latentes.
—Antes de mucho el agua caerá a torrentes sobre nosotros, Enoé; es preciso detenernos y levantar la tienda —dijo Cingo.
—Como gustes —respondió la egipcia con indiferencia.
El negro echó pie a tierra, ató el caballo al tronco de un árbol, y luego, acercándose al dromedario de Enoé le tocó con la lanza en las nudosas rodillas, y el dócil animal se echó para que bajara la egipcia.
Con una rapidez asombrosa el negro alzó la tienda, colocándola junto a la falda de un montecillo, resguardada del Levante, que traía sobre ellos la tempestad.
Luego extendió unas pieles y dijo a la esclava:
—Entra: la lona de la tienda tiene una preparación que rechaza el agua. Bajo su techo te hallarás tan al abrigo de la lluvia como en el palacio de un rey.