El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Después ató los camellos junto al caballo y mandó a los perros que no se movieran de allí; y los canes, avezados a vigilar el sueño de la caravana, fueron a echarse a veinte pasos del árbol que servía de refugio a los herbívoros, cual si la hora de su atalaya hubiera llegado.
Cingo entró en la tienda donde ya se hallaba Enoé, y cerró tras sí la puerta de lona con las fuertes correas de piel de toro.
No parecía sino que las nubes esperaban que el negro terminara su faena para descargar sobre la tierra las hirvientes cataratas que encerraban en sus flotantes senos.
Pocos minutos bastaron para que el día, que se presentaba hermoso, claro, lleno de poesía y de luz, se convirtiera en un día de horrible tempestad, de furiosos vientos, de mares de agua. En Oriente estos cambios de tiempo son muy comunes. Cingo conocía el país y se dio prisa, pues sabía que bastaba un segundo para que los hermosos rayos del sol se cambiaran en torrentes de agua. Los dromedarios y el caballo se pegaron al tronco del árbol secular que les servía de tienda, para librarse del mar de agua que el cielo derramaba sobre ellos. Los perros no se movieron del sitio que les había indicado su amo.