El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota BAJO UNA TIENDA
Cuando el etíope entró en la tienda, la egipcia se hallaba sentada sobre una piel, en su postura habitual, es decir, la vista en el suelo y las manos cruzadas sobre las rodillas.
Cingo la contempló unos instantes y luego, haciendo un movimiento de hombros como el hombre que se decide a revestirse de paciencia, sentóse también, aunque algo apartado de su compañera de viaje.
—La tormenta durará poco —dijo casi hablando consigo mismo y dando golpecitos con las yemas de los dedos sobre la piel que les servía de alfombra—, pero hemos corrido mucho, y un descanso no les vendrá mal a nuestras cabalgaduras. Si tú estás cansada, pasaremos parte de la noche en esta tienda.
—A mí sólo me toca obedecer —respondió Enoé.
—Eres muy cruel.
—¿La condescendencia es crueldad en tu tierra, africano?
—No; pero la indiferencia despedaza los corazones ardientes y apasionados como el que siento latir en mi pecho.
—¿Y qué me importa a mí que tu corazón se despedace, cuando el mío está hecho cenizas desde el instante en que bajó mi dueño al sepulcro?
