El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota CaÃa, pero tornaba a levantarse por su poderosa fuerza de voluntad, y a cada caÃda lanzaba blasfemias que los perros coreaban con sus aullidos.
Y Enoé corrÃa delante, y corrÃa Cingo detrás, y ladraban los perros de un modo horrible, saltando en torno de su amo.
—¡Espera, espera, Enoé! —gritaba con infernal entonación—. Yo necesito antes de morir lanzarte al rostro mi lengua emponzoñada. ¡Espera!, ¡espera! Y tú, Sactis, diosa terrible de la muerte, detén su paso con tu emponzoñado aliento.
Pero Enoé, siempre a igual distancia, como si tuviera el maravilloso poder de medir el terreno que la separaba de su perseguidor, cantaba con impasibilidad:
Triste tiene la mirada,
triste tiene el corazón,
triste su hermoso semblante,
triste el eco de su voz.
—¡Oh! ¡Cesa, cesa ese canto maldito que me despedaza el corazón! —exclamaba Cingo, ahogado de fatiga.
Y Enoé, siempre con su melancólica voz, cantaba:
Que repite: DarÃo, DarÃo,
piensa que muriendo estoy;
por los manes de mi madre…