El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¡Maldita seas!, ¡maldita la que te llevó en sus entrañas!, ¡maldito el fruto de tu vientre, si un día concibes, hasta la cuarta generación! —exclamó Cingo lanzando un rugido.

Era que exhalaba el último soplo de su vida; y lanzando con una furia sobrenatural la pesada lanza que tenía en la mano, cayó desplomado y rodó por una pendiente, despedazándose el rostro al caer con los pedriscos que sembraban aquel terreno.

La lanza pasó silbando por encima de la cabeza de Enoé; pero la egipcia no se movió. Vio caer a Cingo, cesó su canto y detuvo su cabalgadura, y alzando los ojos al cielo con dolorosa actitud, murmuró en voz baja:

—Amor mío, ya estás vengado.

Después, queriendo cerciorarse más dirigió la cabeza de su dromedario hacia el sitio en donde había caído el negro, y llegando a dos pasos de su ensangrentado cuerpo, se detuvo de nuevo.

El etíope estaba horriblemente desfigurado.

Había muerto; pero aún tenía los ojos abiertos y se agitaban sus párpados con una espantosa precipitación.

Los tres perros le lamían las manos y el rostro, aullando siempre.


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