El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —SÃ, ya no existe —murmuró Enoé—. Su muerte ha sido horrible, espantosa. Mi pobre Antipatro debió sufrir mucho, pues murió del mismo modo que este miserable esclavo… ¡Oh! Cuando pienso que tú, prÃncipe mÃo, señor de mi corazón, has muerto sin que mis besos cierren tus hermosos párpados, abandonado de los hombres y tal vez de los dioses inmortales, creo que mi venganza ha sido pequeña. Y tú, cuerpo maldito de un ser que ya no existe, bien muerto estás en mitad de ese camino que te conducÃa al edén de tus eternas esperanzas, de tus continuos ensueños.
Enoé se detuvo un momento. Después apartó su mirada del cadáver, y la elevó al cielo, exclamando:
—¡Dioses del Olimpo, cerrad vuestro hermoso paraÃso al espÃritu de este malvado! ¡Lares protectores de mi familia, guiad por la senda de la vida a esta doncella abandonada!
Enoé hizo pasar su camello por encima del cuerpo inanimado de Cingo y continuó su camino a merced de su noble cabalgadura.
A la querencia siguieron el camello de carga y el caballo. Los perros, más leales, se quedaron junto al cadáver.