El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El último rayo del sol poniente bañó con su luz poética y nacarada aquel horrible cuadro. Poco después las sombras de la noche que avanzaban por Occidente cubrían con sus espesos mantos el lugar del crimen. El aullido de los perros y el melancólico canto de la egipcia surcaban la distancia que iba separando a la víctima de su asesino.
Después, nada; sombras, silencio, soledad… porque Enoé ya no cantaba y los perros habían muerto sobre el cadáver de su amo, envenenados como él por las mortales saetas de las víboras.