El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El robo, el crimen, se nutrían en su impuro pecho, haciendo hervir la sangre, y cuando se encanece en una profesión se adquieren ciertos hábitos, que llegan a encarnarse en el mismo ser, formando, por decirlo así, una segunda naturaleza, que sólo abandona el individuo cuando el último soplo de vida se escapa de su pecho. Dimas conoció que para lograr su intento era preciso dejar correr el tiempo y los acontecimientos, o rodearse de gente joven y poco endurecida en el crimen, y se resignó a esperar mejor ocasión.
Una noche los bandidos tuvieron noticia por los espías de que una caravana que conducía a Jerusalén preciosas mercancías de Tiro, había acampado en un barranco de las cordilleras de Joppe. Abaddon dispuso caer sobre ella, y salió de su madriguera, seguido de sus terribles compañeros. La noche era clara y serena; blancas y vaporosas nubes, como pequeños copos de nieve, se deslizaban por el limpio horizonte, salpicando el diáfano azul del cielo con sus poéticas y caprichosas oscilaciones. A veces la luna velaba la plateada frente tras las flotantes gasas que se mecían en el espacio, mostrando de vez en cuando la clara luz de sus rayos entre los quebrados bordes de las nubes, y como las vírgenes de Sión, lanzaba sus miradas a través de su aéreo y delicado velo de encaje.