El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Ella es la madre bondadosa de los hijos del infortunio. Los hombres más altivos no se avergüenzan de llorar ante su presencia, desahogando los dolores de su corazón, las penas de su vida; porque los rayos que su disco derrama sobre la tierra están impregnados con la inagotable bondad de Dios, y fecundizan la esperanza en las almas que sufren, el consuelo en los corazones que padecen, como el claro manantial que se desliza entre el césped de la pradera derrama la vida y la fragancia con sus frescos besos en el cáliz de las violetas, de las anémonas y de las siemprevivas. La luna es, en fin, la sonrisa de los ángeles, el rocÃo celeste que Dios envÃa todas las noches desde el cielo para decir a los desgraciados: «Esperad, confiad; yo no os olvido».
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Los bandidos se deslizaban de roca en roca hacia el punto indicado por los espÃas. A la media noche llegaron a la cumbre de un montecillo y se detuvieron. UrÃes, que era el más práctico, se separó de sus compañeros para explorar el terreno, pues, según sus cálculos, la caravana debÃa hallarse acampada en aquellas cercanÃas. El bandido samaritano, arrastrándose como una culebra, llegó sin hacer ruido al borde de un barranco, y agarrándose a unos arbustos con sus callosas y forzudas manos, se asomó, quedando casi suspendido sobre un abismo, para reconocer el fondo de aquel solitario valle.