El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La noche era clara, y la luna dejaba ver los objetos sin dificultad. UrÃes paseó sus miradas algunos segundos por la apacible vega que se extendÃa a sus pies, y luego fue a reunirse con sus compañeros.
—Cuenta —le dijo secamente el capitán viéndole llegar.
—Efectivamente —contestó con indiferencia UrÃes—, la caravana, como nos han dicho, ha levantado su tienda en el valle de Joppe. Todos duermen, camellos y hombres; pero he creÃdo ver relucir a la luz de la luna algo parecido a los cascos romanos.
—Será una aprensión tuya —repuso otro.
—Tengo buenos ojos; ya sabes que me engaño pocas veces… y sobre todo, de noche.
—No tiene nada de extraño que en alguna ciudad del contorno —volvió a decir Abaddon— se les haya reunido algún soldado.
—O pueden haber pedido una escolta en Sichem los mismos caravaneros —añadió Dimas.
—¿Y qué hacemos? —preguntaron otros.
—¡Por Dios vivo! ¿Qué hemos de hacer? Bajar al valle, y si son romanos o herodianos, llevarnos sus cabezas a nuestro castillo como trofeo de la victoria —exclamó Dimas lleno de ardor patrio.
—Tiene razón el joven: bajemos al llano —volvió a decir el capitán.