El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los bandidos se apretaron las correas de sus cinturones, vieron si los puñales salían con facilidad de las vainas, y oprimiendo con sus diestras las terribles jabalinas, se encaminaron en busca de los caravaneros.
Poco después cayeron de improviso sobre la tienda, envolviéndola como una red. Los comerciantes, sorprendidos en las primeras horas del sueño, despertaron sobresaltados; el pánico se apoderó de ellos, y desde entonces sólo pensaron en huir, dejando en poder de sus terribles enemigos los fardos y los camellos.
Pero no sucedió lo mismo a tres soldados romanos, que al primer grito de alarma saltaron con ligereza sobre sus caballos, armando sus diestras con la corta y terrible espada que les había hecho dueños del mundo, y se lanzaron con ímpetu sobre los bandidos.
Un romano, y sobre todo un romano de Palestina en el tiempo de Herodes, se hubiera creído deshonrado retrocediendo delante de seis judíos; raza vendida y esclava a la que los hijos del Tíber miraban con insultante desprecio.
Los legionarios del Idumeo regresaban a Jerusalén, habían tropezado por una casualidad con aquella caravana, y se habían unido con ella por ese espíritu sociable que dominaba a los soldados del Capitolio.