El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los romanos, lanzando un grito de guerra al que siguieron los nombres de Marte y Minerva, blandieron las espadas sobre las cabezas de los bandidos; pero, ¡ay!, aquellos israelitas no eran los débiles y acobardados hijos de la ciudad de Jerusalén; eran rayos de la montaña, soldados feroces del desierto, curtidos con la sangre y los peligros, y, después, el terrible renombre de moradores del monte Hebal les quintuplicaba las fuerzas.
Los romanos no podían hacer más que batirse hasta morir, y así lo hicieron. Pero su muerte debía costar cara a los samaritanos.
Abaddon, el viejo capitán, al querer clavar su jabalina en el pecho del caballo de uno de sus enemigos que le perseguía, recibió una terrible estocada en el cuello, por la que en pocos instantes arrojó hasta la última gota de sangre de sus venas. A dos bandidos más les cupo la suerte de su jefe.
Dimas mató por su mano a uno de los legionarios arrojándole la jabalina, que tuvo la suerte de clavársela en el pecho; pero al mismo tiempo recibió una terrible cuchillada en la cabeza que le hizo vacilar, y que, indudablemente, su enemigo hubiera secundado, si Uríes no hubiera salido a su defensa clavando su puñal en el costado del romano, lo cual le hizo caer del caballo.