El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La luna, siempre clara y hermosa, alumbró con sus tibios y poéticos rayos aquel combate, aquella escena de sangre en que seis hombres habían lanzado el último aliento de vida, y cinco llevaban sobre sus cuerpos sangrientos rasgos.
Los bandidos, dueños del campo, se disponían a cargar sus camellos con lo más rico de su botín y a colocar en otros los heridos que no podían por su estado hacer el camino a pie; pero Dimas, que aun herido no había perdido la serenidad ni el conocimiento, les detuvo diciéndoles:
—Compañeros, antes de partir demos sepultura a los muertos, con lo cual honraremos el cuerpo de nuestros camaradas, y no dejemos rastro de esta catástrofe que hemos experimentado, que siempre podría alentar a nuestros perseguidores.
Esta segunda razón convenció a los bandidos, que inmediatamente se pusieron a cavar una fosa, y poco después, romanos y samaritanos yacían sepultados para siempre bajo el pesado manto de la tierra. Los bandidos abandonaron aquel sitio, mudos, cejijuntos. Dimas caminaba a pie al lado de sus compañeros sin despegar los labios. Por sus mejillas resbalaban dos lágrimas. El viejo capitán le había demostrado un cariño franco y desinteresado, le llamaba su hijo, y el joven, agradecido, lloraba por la memoria del segundo padre que acababa de perder.