El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¿Quién es ese niño? ¿En qué sinagoga ha aprendido lo que sabe? ¿Qué rabino, qué doctor de la ley le ha enseñado esas preguntas a las que nosotros no sabemos responder y a las cuales da él mismo una solución tan clara, tan profunda, tan irrecusable? ¿Qué mueve su lengua con tan prodigiosa fecundidad? Daniel sería vencido por su palabra y Salomón rompería su pluma escuchándole.
Jesús cesaba en sus discursos de cuando en cuando.
Nadie se atrevía a interrumpirle, pero todos le observaban con interés, con una curiosidad creciente. Sus largos cabellos de color de bronce antiguo, partidos por la mitad de su ancha y luminosa frente, caían en gruesos y agraciados bucles sobre los hombros. En sus garzos y melancólicos ojos destellaba una chispa de luz divina, que al detenerse profundizaba hasta los más recónditos pliegues del alma. Su frente irradiaba como la de Moisés al salir del Tabernáculo. Su aspecto era tranquilo y majestuoso como el de Daniel delante de los acusadores de Susana.