El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Debilitado por su avanzada edad, recibió el golpe mortal que le condujo en breve al sepulcro, cuando supo la catástrofe irreparable de Varo y sus legiones.
Augusto, como todos los conquistadores de la tierra, soñaba siempre en el rincón del mundo que no le pertenecía, aunque éste fuera el más pobre, el menos productivo del globo terrestre.
Su poder era inmenso. El mundo conocido entonces, puede decirse que pagaba tributo al águila romana, pero sus miradas se dirigieron para contemplar con la codicia de los usurpadores un trozo de tierra salvaje y escabrosa que se le había escapado.
Aquel país se llamaba la «Germania», pueblo separado de la Galia por el caudaloso Rhin.
El César, pensando siempre en lo que no poseía, envió sus legiones al mando del general Varo, hombre de limitado talento y avaricia desmedida.
Un joven llamado Arminio, hijo de una de las familias más nobles y poderosas de Germania, de gran valor y «de una habilidad poco común para la guerra», deseando sacudir el yugo de los romanos y harto de la crueldad y la avaricia del general extranjero, se fingió su amigo, y ofreciéndole descubrir el sitio donde tenían las riquezas ocultas, logró conducirle con una parte considerable de sus legiones a uno de los bosques de que entonces estaba cubierto aquel país.