El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Arminio había reunido en aquel sitio algunas tribus címbricas que solo esperaban la señal para lanzarse contra los romanos como lobos hambrientos.
Llegó la noche y con ella la horrible matanza de los extranjeros.
Varo, ante tan inesperada derrota, viéndose perdido, como Bruto en la batalla de Filipos, se atravesó el pecho con su espada por no caer en manos de sus enemigos.
Arminio, orgulloso con su triunfo, alzó una tribuna en mitad del sangriento campo de batalla; desde allí, después de arengar a sus soldados, mandó que fueran degollados todos los prisioneros, prohibiendo que se les diera sepultura.
Tres legiones inmensas de soldados veteranos perecieron en aquel bosque. Sólo pudieron salvarse algunos que llevaron tan infausta nueva a las orillas del Tíber.
Augusto sabedor de la catástrofe, se vistió de luto, dejó crecer sus barbas y sus cabellos en señal de desconsuelo y comenzó a sentirse enfermo.
A veces se pasaba las horas con la vista fija en el suelo, los brazos caídos y la actitud dolorosa, repitiendo sin cesar:
—Varo, Varo, vuélveme mis legiones.
La consternación fue grande en Roma al saberse la noticia.