El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los medrosos creían ver a los germanos pasando el Rhin y dirigirse hacia Italia a marchas forzadas.
Pero Arminio se contentó por entonces con su victoria y con sacudir el yugo extranjero.
Ya hemos dicho que el César se moría de tristeza.
En el momento que le presentamos a nuestros lectores, se halla incorporado en su lecho escribiendo sus últimas disposiciones.
En su semblante bondadoso, en sus dulces y grandes ojos, más grandes aún por la demacración de sus mejillas y por el círculo azulado que les cercaba, se veía impresa la majestad de aquel republicano que se había ceñido en sus sienes la corona imperial.
Junto al lecho del César se veía un hombre de ancha y despejada frente, nariz aguileña, labios delgados y extremadamente juntos y mirada torva y recelosa. Aquel joven era un tirano: se llamaba Tiberio, y estaba destinado a gobernar el mundo. Bastaba detenerse un momento ante aquella frente altiva, para comprender la astucia y la envidia que se abrigaba en su corazón.
Octaviano, aunque casado dos veces, no tenía hijos varones, y deseando que el imperio quedase en poder de su familia, fijó los ojos en Tiberio, hijo de Livia, su segunda mujer y le casó con Julia, su hija y viuda de su amigo Agrippa.