El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Tiberio, taciturno y desconfiado, jamás tuvo amigos, y nunca creyó en los favores de su suegro; así es que vivía retirado en su castillo, suspendido sobre las rocas en la orilla del mar, desde donde soñaba en su imperio, cometiendo rasgos de barbarie en aquellas cercanías para entretener, según decía, el hastío que le mataba.

—Tiberio —le dijo Augusto dejando la pluma y mirándole con bondad—; te he mandado llamar porque me siento morir, y he pensado en ti para que me sucedas en el poder, que ya se escapa de mis manos.

Tiberio sintió que el corazón le latía de un modo violento; pero su rostro no se inmutó y dobló la cabeza en señal de acatamiento.

—Desde este momento —continuó Augusto— te adopto por hijo. El pueblo y el Senado obedecerán mi última voluntad, escrita en estos pergaminos. Tú serás el emperador de Roma, el señor del mundo. Si logras hacer la felicidad de tus súbditos, los dioses inmortales velarán por tu real persona y por tus vastos dominios, y no olvides nunca, hijo mío, que le es más costoso a un rey ser malo y sanguinario que ser clemente y justiciero. Sé padre de tu pueblo; desecha de ti el oficio de verdugo que envilece y deshonra.


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