El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Ah! Bien se conoce —exclama el tetrarca— que los poetas de Seleucia mecieron tu cuna. Tú eres poetisa… improvisas inspirados versos como la pobre Safo; aspiras tal vez a que te llamen la Musa undécima, como los habitantes de Lesbos llamaron a Safo la décima Musa. Pobre niña, no te deseo la suerte que alcanzó la heroÃna del promontorio de Leucades. Si encuentras algún ingrato y desdeñoso Faón que te desprecie no te arrojes al mar; eso me afligirÃa mucho.
Ruth, sólo dijo:
—¿Canto más, señor?
—No: puedes dejar el salterio y dormir; yo voy a hacer lo mismo.
Y el tetrarca se cubrió la cabeza con el extremo del manto de escarlata. Ruth exhaló un suspiro y cubriéndose el rostro con su albornoz de cachemir, inclinó la cabeza sobre el almohadón. Después, el señor y la esclava guardaron silencio. Aquel mismo dÃa la comitiva del tetrarca, a la caÃda del sol, entraba en la ciudad de Gaulón, residencia de Filipo, tetrarca de Iturea. Herodes Antipas fue recibido por Filipo y por su esposa HerodÃas, sobrina suya, con gran regocijo. Antipas pasaba a Roma a ofrecer la nueva ciudad de TiberÃades al emperador. HerodÃas, tan hermosa como infame, tenÃa una hija que apenas contaba catorce años de edad. TenÃa la belleza fascinadora de su madre.