El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota De aquella casa salieron ocho esclavos con una litera. Las dos mujeres entraron en ella. El hombre que las acompañaba montó un soberbio caballo que también sacaron de la casa y todos se pusieron en marcha en dirección a Tiberíades.
De vez en cuando una cabeza infantil, sonrosada como las hojas de una adelfa silvestre, se asomaba por una de las ventanillas de la litera. El camino que seguía la silenciosa comitiva era áspero y tortuoso. Al revolver un recodo, vieron a un hombre de pie sobre una roca. Aquel hombre era joven; tendría a lo más treinta años; llevaba el cabello partido por mitad de la frente como los galileos, iba descalzo y vestía una túnica gris sin costuras y un manto judío de color de corinto. Su rostro era hermoso como la esperanza de la juventud. La mirada de sus ojos garzos, dulce como los de una corza moribunda.
Llevaba la barba partida en forma de horquilla.
Su frente que irradiaba como el mar herido por los rayos de la luna era pura como el perfume de una violeta.
A través de aquella frente parecía adivinarse algo celeste que hacía estremecer el alma y asomar la oración a los labios. A pesar de la humildad del traje, había en aquel silencioso caminante algo de la majestad de los reyes y de la grandeza de Dios.