El mártir del Gólgota
El mártir del GĂłlgota Aquella mujer infame, aquella adĂşltera con corona, ambicionaba un trono más grande, más esplĂ©ndido que el que le habĂa cabido en suerte. Las tribus de Gad y RubĂ©n eran más ricas que las de ManasĂ©s y Bethania. El bosque de Efraim le parecĂa más grandioso que el de Jabes, y la tetrarquĂa donde reinaba su esposo, era un desierto arenal comparada con la fructĂfera Arabia pĂ©trea, donde reinaba su amante. Antipas era inmensamente rico: edificaba ciudades, tenĂa a sueldo soldados mercenarios y era amigo de Tiberio el emperador más grande del mundo.
HerodĂas no vacilĂł. Al separarse de su amante habĂa celebrado con Ă©l un contrato infame. La adĂşltera jurĂł abandonar a su esposo tan pronto como el emisario de Antipas viniera a decirle: «Partamos: mi señor te espera.»
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Dos lunas despuĂ©s, a esa hora en que los pescadores de Cafarnaum retiran sus redes del mar, un barco con una sola vela latina y seis remeros llegĂł a las riberas. Dos mujeres, completamente ocultas en unos largos y anchos mantos judĂos, saltaron del barco a la playa. Un hombre vestido a la romana saltĂł despuĂ©s de ellas. Aquel hombre llevaba un cofrecillo debajo del brazo. Entregaron algunas monedas a los remeros y con paso receloso llegaron a una casita de modesta apariencia que se hallaba situada como a un tiro de piedra de la ciudad.