El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —SÃ: me parece un galileo.
—Sus ojos resplandecen como el ephod[31] del sumo sacerdote; su mirada penetra hasta el fondo del alma como una reconvención cariñosa que creemos justa; en su frente me ha parecido encontrar la majestad de David y la inteligencia de Salomón. ¿Quién será ese hombre que asà me preocupa? ¿Qué hará inmóvil sobre esa piedra?
—¿Qué nos importa a nosotras, madre mÃa, ese pobre viajero? —exclamó la joven con alegre acento.
La madre inclinó la cabeza sobre el pecho como si alguna idea la preocupara. Tal vez pensaba en el crimen, en la infamia que acababa de cometer. Porque aquellas dos viajeras eran HerodÃas y su hija, que iban a reunirse con Antipas tetrarca de Galilea.
El hombre de la roca, el silencioso personaje que asà turbaba con su casta mirada la tranquilidad de la esposa culpable, era Jesús, el Hijo de MarÃa, que se encaminaba a las orillas del Jordán en busca del santo precursor; era el Mártir del Gólgota que comenzaba su santa misión; el Redentor del mundo, que iba a dar el primer paso de la vÃa dolorosa del Calvario, donde su preciosa sangre debÃa correr, para redimir el pecado nefando de la humanidad.