El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Jesús tornó a lanzar un doloroso suspiro. El sudor de su frente era más copioso. El arcángel le contemplaba en silencio, y mientras tanto el mundo seguía girando alrededor de las faldas del Dhawalagiri, y pasó la Mesopotamia, esa gran llanura encerrada entre el Tigris y el Éufrates, con su ciudad de Aran, donde vivió Abraham y Jacob; Cunaxa, donde Ciro el joven fue derrotado por su hermano Artajerjes; la Asina, con su espléndida Nínive, fundada por Nino; la Arbelas, en cuyos llanos Alejandro venció a Darío.
—Mira ahora —volvió a decir Luzbel, que pareció tomar alientos en aquellos cortos intervalos de silencio—. Eso es Babilonia, donde los hombres adoraban cien dioses; esa torre es la de Babel: aún se alza como un gigante en medio de las ruinas. Mi aliento inspiró a los babilonios esa obra colosal, triste recuerdo de la soberbia del hombre. La tierra de los medos, con su clima templado, sus aires puros y su eterna primavera, pasa también perfilando el ambiente.
El Divino Galileo oyó otra vez la voz del arcángel, que decía: