El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Luzbel se detuvo. El silencio del Nazareno le irritaba, y sacudiendo su larga cabellera se quedó un momento con los brazos cruzados y el ademán altivo.
Mientras tanto, fueron pasando ríos, montes y ciudades, y llegó la Armenia, casi aprisionada por el Ponto-Euxino y el mar Caspio, cortado por las cordilleras del Cáucaso, de cuyas cumbres había desaparecido Prometeo, el ladrón del fuego divino.
Los ríos Ciro, Araxes, Tigris y Éufrates, extendían sus fecundizadoras corrientes por todas partes. Luzbel, viendo que se acercaba un monte hacia ellos, volvió a decir:
—¿Le conoces? Es el Ararat: entre esos dos elevados picos se quedó enclavada el arca de Noé. Dios me ofreció una nueva raza, yo se lo agradecí. Esos desiertos casi rodeados en sus extremos de agua, son la Arabia. Mira el mar Rojo, tumba de los soldados de Faraón y triunfo del pueblo de Israel. Aquello que se eleva entre las nubes es el Sinaí, donde se escribieron vuestras leyes, y el Horeb, tan célebre en vuestra historia. Pero ahora detén un momento tu mirada: la Arabia feliz se acerca, sus entrañas están repletas de oro, sus bosques de aromas, sus mares de perlas. Esas dos ciudades se llaman Jatrippos[39] y Macoraba.[40] Un profeta las inmortalizará,[41] y este profeta, robando algo a tu doctrina, formará una secta que ha de ser eternamente enemiga irreconciliable de tu religión.