El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¿Ves ese hermoso trozo de tierra fértil y verde como la primavera? Pues en él habitaban antes los filisteos; esa ciudad es Geth, patria del gigante Goliat. Aquello que se extiende a lo largo del mar es la Fenicia, patria de los marinos y los comerciantes; aquella ciudad se llama Serapa, que hizo célebre el profeta ElÃas; la otra que le sigue, Aphaca, en donde adoraban a Venus. Mira siempre hacia el norte de Palestina: la Siria se acerca. Sus afeminados moradores se acuerdan más de sus cuerpos que de Dios; la música, el amor, la pereza, son las grandes pasiones que les dominan. Ese monte es el Tauro; esos rÃos el Éufrates, el Tigris y el Orontes; aquella ciudad, Apamea; aquella otra, Heliópolis, esas ruinas colosales que admiran los viajeros, son las de Palmira. Mira por donde quieras —continuaba Luzbel, alzando su poderosa voz, cuyo eco retumbaba en los barrancos del Himalaya como el fragor del trueno—. Aquello es la Asiria; esas ciudades son Abydos, donde se amaron Hero y Leandro; Troya, que inmortalizó Homero; Pérgamo, con su famoso templo dedicado a Esculapio, y la isla de Lesbos, en cuyas aguas se sepultó Safo. Esos dos rÃos que avanzan, el primero es el Rhindacus, donde Lúculo venció a MitrÃdates; el segundo es el Gránico, donde Alejandro se cubrió de gloria. Allá se aproxima la Lidia con su rÃo Pactolo, cuyas arenas son de oro. Aquel templo es el de Diana; aquel coloso el de Rodas.