El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La lluvia había cesado, pero la noche continuaba oscura y encapotada, oyéndose de vez en cuando la lejana y amenazadora voz del trueno. Los bandidos caminaban taciturnos y cabizbajos, demostrando su mal humor al más pequeño incidente que se atravesaba ante su paso. Un charco de agua, un resbalón, era saludado con una blasfemia horrible. Habían abandonado su madriguera desafiando la crudeza de la noche, con la esperanza de un botín fabuloso y regresaban calados hasta los huesos y con el lodo hasta la cintura, sin haber aumentado un miserable óbolo a su fortuna. Cerca ya del castillo de Hebal, al atravesar un pedregoso barranco, oyeron pisadas de gentes que se aproximaban en dirección opuesta a la que ellos seguían. Dimas hizo que se detuvieran sus soldados y se ocultaran detrás de unos matorrales y en las quebraduras de las rocas. Mientras tanto, por el angosto barranco que conducía adonde estaban los bandidos emboscados, caminaba un venerable anciano, envuelto con el manto gris de los galileos. Este anciano conducía un asno de la rienda y sobre la modesta cabalgadura iba una mujer joven y un niño de pocos meses. El niño dormía en el regazo maternal, cuidadosamente envuelto con una capa de color de corinto; la madre lloraba en silencio y el anciano oraba en voz baja.