El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Esta palabra se repitió tres veces, pero por una voz distinta que se iba perdiendo en el espacio.
Magdalena se incorporó y una sonrisa de indefinible placer asomó a sus hermosos labios. La doncella, adelantando un paso hacia su señora, parecía esperar algo. Magdalena le hizo una seña con la mano y fue a sentarse en el diván que se hallaba cerca de la ventana. Poco después oíase en el campo el sonido melodioso de una lira que tocaba un canto judío.
Aquellas notas, en medio del silencio de la noche, que subían a la ventana de Magdalena impregnadas con el perfume religioso de los campos, acompañadas de la tibia claridad de la luna, tenían una melancolía que llenaba de dulce vaguedad el aposento, levantando un eco amoroso en el fondo del alma.
Magdalena cerró sus hermosos ojos como si quisiera recoger mejor aquellas notas armoniosas y murmuró en voz baja estas palabras:
—¡Ah, Boanerges! Tú tocas la lira como Terpandro y Empédocles,[60] pero yo tengo el fuego de Cleopatra en mis ojos y la seducción de Bethsabé en mis labios.
Apenas Magdalena había terminado estas palabras, cuando la lira cesó por un momento, una voz fresca y varonil cantó la estrofa siguiente:
Nací en la cumbre de una montaña,
vibrando el rayo devastador,