El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Ya sabes, capitán —dijo uno de los bandidos señalando a Barr-Abbas—, que ése descubrió nuestra guarida a los soldados de Pilato el gobernador. ¡Ah, infame! ¡Por un puñado de oro hacernos perder nuestra querida fortaleza de Hebal! Tú, capitán después de la terrible refriega de aquella noche en que perdió la vida nuestro buen compañero Urías y tú recibiste una cuchillada en el hombro, nos encargaste a todos que te cogiéramos a este traidor; Gestas nos encargó lo mismo y hoy ha caído afortunadamente en nuestras manos. Le hemos sorprendido en una cueva de las cercanías del lago: acababa de asesinar villanamente a un pobre anciano que se resistía a entregarle unas cuarenta monedas de plata, fruto de su cosecha. Cuando nosotros entramos en la cueva, el pobre anciano se revolcaba en un lecho de sangre, mientras él con la misma indiferencia que si nada hubiera hecho, sentado sobre una piedra, se entretenía en contar el dinero, sin hacer caso de los lamentos del viejo, el cual nos dijo antes de morir que Barr-Abbas le había herido. Nosotros entonces nos apoderamos de él, y como nos habías citado en este barranco, te le presentamos para que hagas lo que mejor te plazca de ese miserable.

Dimas, que había escuchado la narración del bandido con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en Barr-Abbas, que temblaba de miedo, dijo secamente:


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