El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Las vÃboras se aplastan para que no emponzoñen la carne sana con sus mordeduras. Degolladle.
El bandido que habÃa hablado sacó su ancho cuchillo de la vaina y dijo, acercándose al árbol:
—Voy a hacer a ese lobo la honra de degollarle. Lo siento por mi cuchillo, que no se verá nunca, aunque lo afile, limpio de tal mancilla.
—¡Dimas, eres un cobarde! —exclamó Barr-Abbas—. Si me hallara solo contigo en los montes de Judá, me dejarÃas el paso franco y te quitarÃas el turbante para saludarme.
Y diciendo esto, escupió en el rostro del capitán.
La mirada bondadosa de Dimas despidió un rayo de luz siniestra. Su rostro se tiñó de color de sangre, y sacando rápidamente el cuchillo de la vaina, exclamó con voz de trueno:
—¡Soltad a ese hombre!… ¡Soltadle!…
Y como viera que nadie lo obedecÃa, se abalanzó sobre Barr-Abbas, y cortando las ligaduras que le tenÃan sujeto al árbol volvió a exclamar:
—¡Ya eres libre… libre como yo!… ¡Dadle un cuchillo! ¡Defiéndete, porque voy a matarte!
Dimas alzó la frente con fiereza y con la mirada del león irritado esperó a su contrario.
Barr-Abbas, aunque estaba suelto, no se movÃa del sitio. Los ojos, el ademán de Dimas, le aterraban.