El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Dimas envainó su cuchillo. Su semblante se serenó súbitamente. Las palabras de aquel hombre resonaron en el fondo de su corazón. Sus ojos tornaron a adquirir la dulce y compasiva mirada de costumbre, y con una voz dulce como la de un mártir que mira a la muerte sin temerla y la llama, dijo arrojando una bolsa llena de monedas a los pies de Barr-Abbas:
—Eres libre. Vete: te perdono la vida y el insulto.
—¡Libre! —exclamó Barr-Abbas levantándose de un salto, ligero como el gato montés.
—Sí, libre.
—¿Y me puedo ir?
—Adonde quieras. Has invocado el nombre del Mesías, del Salvador de Israel, del Maestro Divino; yo, en su nombre, te perdono. Vete.
Barr-Abbas abrió la boca, y después de mirar en derredor suyo con el asombro del avaro que se encuentra una moneda de oro a sus pies, tartamudeó con medroso acento:
—¿Te quieres burlar de mí? Me dices vete, y cuando me vaya me arrojarás la jabalina por la espalda.
—¡Vete, miserable! Yo te desprecio: mis armas no se mancharán con tu impura sangre.
Los bandidos que rodeaban a Dimas exhalaron un murmullo de desaprobación.
—¿Le dejáis ir? —preguntó uno de ellos.