El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Sí, le desprecio; que se vaya.
Barr-Abbas se apoderó de la bolsa que Dimas había arrojado a sus pies y echó a correr con la ligereza del gamo.
Algunos bandidos hicieron el ademán de seguirle, pero Dimas les gritó con voz de mando:
—¡Nadie se mueva! ¡Dejadle! ¿No habéis oído que he dicho que le perdono?
Mientras tanto, Barr-Abbas, con una rapidez increíble, había trepado por la empinada ladera del barranco. Cuando llegó a la cima se detuvo, y soltando una carcajada, se desató la onda de cuero que llevaba sujeta al cinturón y envió a los bandidos una piedra, que pasó silbando por encima de sus cabezas y fue a chocar contra una roca inmediata. Después desapareció.
Dimas, sin hacer caso de la soberbia del ingrato Barr-Abbas, reunió en torno suyo a los bandidos.
—Oídme —les dijo—. Voy a separarme de vosotros por algunos días. Gestas, mi amigo, dirigirá mientras tanto vuestras empresas. Os espera en el silo del agua, en los montes de Judá… ya sabéis, al extremo de la vía Sangrienta. Id, pues, a reuniros con él.
Y el prudente capitán, sin esperar respuesta, cogió la jabalina que había dejado en el suelo poco antes, y encaminóse hacia el lago de Galilea, que se hallaba al Norte del barranco.