El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Una niña, hermosa como la estrella de la mañana, acaba de respirar el primer soplo de vida, y de su pecho virginal se escapa un gemido de dolor. Es el primero de un Ser que nace; de un Ser que viene al mundo a interceder eternamente por nosotros. Su cuna no se cubre con las ricas colchas de Egipto ni se adorna con el oro de Persia. Sus pañales no se perfuman con la esencia del nardo, ni se enciende mirra y aceite balsámico en los pebeteros de plata, como hacen los prÃncipes hebreos. Pobre y tosco lino cubre sus delicadas carnes. Una choza la alberga y humildes mujeres del pueblo rodean su cuna y reciben su primera sonrisa. Y, sin embargo, aquella débil criatura ha nacido destinada a ser la Reina de los cielos, la Madre de los ángeles, la Esposa de Dios. Los conquistadores de la tierra depondrán los cetros a sus plantas, los reyes doblarán ante Ella sus altivas frentes, y los afligidos, implorando su protección, irán a adorarla de rodillas ante los altares levantados por la fe cristiana. Porque Ella será el bálsamo universal de los dolores humanos, la esperanza del náufrago, el consuelo del triste. Su nombre glorioso será invocado en los momentos amargos de la vida, porque Dios la ha elegido para engendrar en su seno el Verbo Divino que en forma de hombre ha de redimir con su preciosa sangre el pecado nefando de la humanidad. Porque Ella será «un tronco recto y brillante en que no se ha de encontrar jamás, ni el nudo del pecado original ni la corteza del pecado actual» (San Ambrosio).