El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —SÃ, Dios está entre nosotros. Yo siento una voz secreta que me grita en el fondo de mi ser: «Detén tu paso, aparta tus ojos de la tierra y mira al cielo». Tengo remordimientos, Enoé. La vida que por espacio de treinta y cuatro años llevo, pesa sobre mi corazón como si tuviera una roca colosal sobre él, y me he decidido a separarme de la senda del crimen; he abdicado todo el siniestro poder que se halla en mis manos en las de Gestas, he hecho que mis compañeros vayan a buscarle a un silo de la vÃa Sangrienta, y allà él les dirá: «Dimas, nuestro capitán, se ha apartado de nosotros».
—¡Ah! Gracias, hermano mÃo, no sabes el placer que me causan tus palabras: temÃa verte en manos de los soldados de Pilato.
—Desde mañana seguiré los pasos de Jesús. Él manda por todas partes a sus apóstoles: yo me arrojaré a sus plantas, y, besando el divino polvo de su huella, le diré: «Señor, Maestro, yo quiero ser tu discÃpulo». Y Él perdonará mis culpas, que son muchas, y Él me hará bueno en cambio de la fe que siento, fuerte y lozana, en mi corazón.
—Elevemos a Dios nuestras alabanzas, roguemos para que mantenga en el santuario de nuestras almas, pura e inquebrantable la fe que brotó al divino poder de su palabra —dijo Enoé.