El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota A Magdalena le llamó la atención aquel grupo de caminantes. Sus ojos se fijaron en los dos hombres que abrían la marcha. Uno era joven: tendría a lo sumo treinta y dos años, y era hermoso, pero con una hermosura que fascinaba. El otro era algo más entrado en años, tenía la barba blanca. Estos dos hombres conversaban, en voz baja. El joven parecía hacer comprender al viejo algo que no entendía. El viejo escuchaba con respeto al joven. Aquello parecíale extraño a Magdalena, porque en Israel las canas tenían en todo la preferencia.
Los dos viajeros se detuvieron a pocos pasos del castillo, bajo la sombra de un terebinto. Magdalena pudo ver mejor a aquellos hombres que habían llamado su atención.
Jamás las codiciosas miradas de aquella mujer hambrienta de amor, que no hallaba un hombre bastante hermoso que llenara el vacío de su corazón, habían visto un ser tan perfectamente hermoso. La mirada de sus ojos garzos era irresistible. La majestad de su noble frente tenía algo que no pertenecía a la tierra. Su barba, de un color castaño y separada en forma de horquilla en su extremo, era finísima como la seda de Damasco. Magdalena, inmóvil, absorta, contemplaba a aquel hombre sin poderse explicar lo que sentía. Así transcurrieron algunos segundos.