El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Ana crió a sus pechos a María, porque en Judá las madres tienen la imprescindible obligación de criar a sus hijos.[17] Ajena la hermosa niña desde sus más tiernos años a los juegos subyugadores de la infancia, creció entre la meditación y las tiernas caricias de sus padres. A los tres años era mirada con respeto por todos los humildes habitantes de Nazaret. En sus ojos azules, como el cielo de Oriente, brillaba una chispa de luz divina. Sus labios, nacarados como el cerrado cáliz de los alelíes de Jericó, tenían siempre una sonrisa de indefinible dulzura para todos cuantos se llegaban a Ella. Los abundantes rizos de su rubia cabellera caían como una lluvia de oro sobre la modesta túnica de lana azul que cubría su delicado cuerpo. Algunas tardes, en las pintorescas estaciones primaverales, su padre la llevaba a pasear por los floridos jardines del valle de Esdrelón. La hermosa niña, sentada a la sombra de uno de aquellos corpulentos sauces, que tantas veces cobijara bajo sus melancólicas ramas a las caravanas árabes,[18] se complacía en tender su dulce mirada por el claro y diáfano cielo de Galilea. Su padre no se atrevía a interrumpirla durante esos momentos de celeste contemplación, creyéndola inspirada por alguna revelación divina. Luego, al regresar a su casa, con sus pequeñas manos, blancas y finas como la flor del terebinto, hacía un ramo de narcisos, anémonas y azucenas, y durante el camino se complacía en aspirar su delicado perfume. Muchas veces su padre recogía el dorado fruto que le presentaban al pasar el sicómoro y el plátano, y la niña lo guardaba, y al llegar a su pueblo ofrecía a su madre aquella preciosa fruta y aquellas hermosas flores diciendo: