El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA DESPEDIDA
Tres años aproximadamente hacía que Jesús había abandonado el solitario peñasco de Nazaret para esparcir por la tierra de Israel la fructífera semilla de su divina palabra.
María se hallaba separada de su Hijo. Tierna, amorosa madre que lloraba en silencio la triste soledad de su corazón. En su dolor, Dios le había concedido tres amigas que no la abandonaron nunca. Llamábanse éstas María Cleofé, madre de Joaquín y de Simón; María Salomé, madre de los hijos del Zebedeo, y Susana, la esposa del mayordomo del tetrarca de Galilea.
Muchas veces, la afligida Madre del Redentor del mundo solía decir a sus solícitas amigas:
—Corramos, hermanas; mi Hijo se halla en Galilea. Corramos a oír, confundidas entre la absorta muchedumbre, sus divinas palabras.
Y entonces aquella Madre elegida por Dios para llevar en sus entrañas el fruto bendito de la redención, cubierto el rostro con el tupido velo de las hijas de Israel, y el cuerpo oculto detrás de la gente que rodeaba a su Hijo, escuchaba embelesada al que más tarde debía morir en el Calvario, traspasándole el corazón de amargura.
